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El arte de existir lo menos posible



Hace cincuenta y cinco años, en la Navidad de 1956, dos niñas descubrieron el cadáver de un anciano sobre la nieve, muy cerca de la pequeña ciudad suiza de Herisau: era el escritor Robert Walser, que había salido a pasear por el bosque. Su reclusión voluntaria en el manicomio de Waldau fue tan discreta como su vida, basada en una rígida voluntad de existir lo menos posible. En su novela “Los hermanos Tanner” hay una descripción milimétrica que anticipa su fin. Sebastian, el poeta, es encontrado muerto en la nieve. Las palabras de Simon, que cabe atribuir al propio escritor, semejan una autoelegía: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiere avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que no tiene oído ni sensaciones.”
Con un fatalismo alegre y confiado, la libertad ama y persigue lo que aún no existe.

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