Durante la transición española se fue conformando
una sociedad espectral, en el sentido de que se instauraba una democracia
representativa, de simulación y no la verdad de la democracia, que en todo caso
sería de participación efectiva y con verdadera división de poderes. Se generó
un nuevo simulacro, del mismo modo que se había simulado albergar una cierta
dignidad durante la dictadura. Era una sociedad que aparentaba encontrarse en
una posición para la que nada había hecho. Todo el mundo jugaba a la
democracia, había que ser más democrático que los demócratas. Pero los
espectros cambian de máscara, lo cual hacía sospechar que el derrumbe iba a
instalarse tarde o temprano. La democracia vino formalmente como consecuencia
de la caída de la dictadura, como deshecho de lo no hecho, porque la sociedad
no había hecho nada por ser democrática, a no ser esperar a que el dictador se
muriera de viejo. Después de toda esa alegría esperanzada, que no deja de ser
religiosa, vino la depresión real y psíquica, es decir, esa idea de mirarse el
ombligo y de que los españoles nos lo merecemos todo, históricamente se acabó.
Uno se merece lo que puede hacer, y no se merece lo que puede deshacer y tiene
que responder por ello, y en ese periodo de transición, se destrozaron y
acabaron en nada toda clase de aspiraciones.
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